martes, 13 de enero de 2015

Tren con destino felicidad

Acabas tu jornada de trabajo, y exhausta, llegas a la estación. No hay nada que ansíes más que llegar a casa, quitarte los zapatos sin apenas desatarlos y tumbarse en el sofá, suspirando lentamente a la vez que dejas caer tu cuerpo sobre los mullidos cojines.

Sin embargo, toda esta fantasía se desvanece cuando escuchas que en el andén  de al lado está a punto de salir el tren cuyo destino es la ciudad donde vive ÉL. Desearías coger ese tren, pero no puedes. No puedes porque tus obligaciones te lo impiden, te retienen aquí. Eres consciente de lo que se espera de ti, y eso es lo único que te separa de dejarlo todo, coger ese tren.

No obstante, la sociedad nos impone unos roles tan fuertes que no vas a coger ese tren por miedo; miedo a perder tu trabajo, a lo que tu familia piense... No quieres ser el centro de atención de los corrillos. El miedo es lo que te separa de tu ser amado, de ese hombre que puede hacerte feliz, aunque él no lo sepa, o no quiera saberlo.

Por un  momento fantaseas con la idea de coger ese tren y no el tuyo, el de siempre, el de la rutina. Plantarte allí y soltarle la verdad, toda la verdad. Eso que sientes y que te oprime el pecho, porque tu corazón late tan fuerte por él que tienes miedo de que cualquier día sea él quien se escape de tu pecho y le diga a tu hombre lo que sientes por él.

La vida sería distinta si nos guiásemos más por el corazón y menos por la cabeza. Seríamos menos fríos, menos calculadores... Seríamos más felices.