Hasta las personas más seguras se vuelven inseguras cuando el amor les golpea, desconcertándolos como nunca habían estado en su vida. No saben qué piensa el otro, si les quiere o no, qué esperan... Desconcierto. Sí, es un típico signo de amor. Es la eterna margarita: me quiere, no me quiere... Quizá esté igual, sin saber que hacer. Quizá nosotros también desconcertemos a alguien.
Cuando encuentras a ese alguien que ansías desde que tienes uso de razón, comienzas a ascender entre luz y gozo. Nada puede quitarte tu felicidad, excepto una cosa: la persona que te proporciona la felicidad infinita. Paradójico, pero real como la vida misma. Después de pasar por una mala racha, un bache bastante más grande de lo que parece visto desde fuera, te sitúas en un punto intermedio. Esa persona deja de interesarte, en un grado variable.
Pero no todo termina ahí. Un día, sin que te lo esperes, lo ves en la calle o te envía un mensaje de esos bonitos a la par que desconcertantes. Pero por mucha seguridad que tengas, acabas sonriendo como una imbécil. Al segundo te das cuenta de todo lo que pasaste e intentas quitártelo de cabeza. Demasiado tarde. Horror. Sigues sonriendo, y puedes pasarte horas. Subes a los cielos a la misma velocidad que un cohete.
Sabes que estás en un bucle, que se repite una y otra vez, pero eres adicta, y no hay forma de desengancharte. Y sabes que esa sonrisilla tonta te delata.

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