Esa hipotética mujer de sus sueños es la causante indirecta de tus momentos más bajos. Estos momentos tendrían una clasificación dividida en dos tipos. El primero sería la ira. Te saca de tus casillas el hecho de que ella, que probablemente le ignore, sea la que ocupa un sitio privilegiado en sus pensamientos. El segundo sería la tristeza. Esas noches de lágrimas, las cuales solo conoce tu almohada. Esos momentos en los que estás a solas contigo misma, con tus pensamientos. Esos que ese hombre ha invadido por completo.
MIEDO. Esa es la palabra. No eres capaz de ver que alguien le pueda hacer más feliz que tú, porque tú eres la persona indicada. Compartís gustos, forma de ser y de ver la vida. Te parece tan evidente que sois el uno para el otro, que no contemplas la idea de que otra pueda ocupar ese lugar. Más aún si es bastante diferente a lo que tú crees que a él le gusta, o estás segura de que le va a hacer daño porque no es alguien de fiar.
La vida es injusta, muy injusta. Pero al final cada uno recoge lo que siembra. Esta paradoja es igual que la contradicción entre corazón y cabeza. ¿Por qué el corazón y la cabeza se oponen? Cuando esto sucede, y nos enamoramos locamente de alguien, tendemos a intentar combinarlos. Es decir, queremos que nuestra cabeza apruebe lo que siente nuestro corazón. Para ello, idealizamos a esa persona en nuestra cabeza. Tendemos a asemejarnos a ellos para que se fijen en nosotras. Sin embargo, y aunque sea un trabajo arduo, debemos saber hasta donde llega nuestra "locura". ¿Realmente me gusta algo o lo hago por llamar su atención? ¿Le estoy cambiando en mi cabeza para asemejarle a mí y que mi cabeza interprete como lógico lo que siente mi corazón? Sea como sea, es el miedo a perder a esa persona lo que nos lleva a querer ser su media naranja perfecta, esa con la que encaja como piezas de pu
zle. Tenemos miedo a perder a esa pieza, a nuestra pieza.
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